NÚMERO 25- OCTUBRE 2004

Marina Mercante
Después del naufragio


Es un despropósito que con miles de kilómetros de litoral marítimo y grandes ríos navegables, Argentina carezca de una flota de carga. La perdió a causa de políticas antinacionales y antipopulares agudizadas durante los ´90. Se trata de un vaciamiento coronado por un decreto que, con la excusa del costo laboral, terminó por liquidar la actividad. Tras casi 13 años a lo largo de los cuales la política para el sector consistió en no tener política, el presidente Kirchner se ha ocupado de él con otro decreto. ¿Alcanza para reactivarlo?
Ilustraciones: Mónica Curell
Fotografías y textos: Juan Bautista Duizeide


"RUMBO 275. 275 SEÑOR...MEDIA MAQUINA ADELANTE. ADELANTE MEDIA. ¿QUE DISTANCIA AL MUELLE? TRES CABLES, DOS...PARA MAQUINA. PARA. UN CABLE AL MUELLE...FONDO ESTRIBOR. DIEZ GRADOS A BABOR. BABOR DIEZ. ESTRIBOR TRES GRILLETES AL AGUA. TIMON A LA VIA. MEDIA MAQUINA ATRAS. TIMON A ESTRIBOR. TODA MAQUINA ATRAS...".

Intercambios de órdenes en maniobras como el anterior, se repetían por mares, ríos y puertos de todo el mundo, fuera en castellano, inglés, francés, italiano, portugués, ruso o el cocoliche que se pudiera, a bordo de buques con bandera argentina. Nuestro país llegó a contar, sólo en el sector estatal, con una empresa en el ámbito de ultramar (Empresa Líneas Marítimas del Estado); una para el transporte de petróleo y derivados (Y.P.F. flota); otra de buques carboneros (Yacimientos Carboníferos Fiscales), y una Flota Fluvial del Estado. A lo cual deben sumarse cantidad de empresas privadas.

E.L.M.A. tenía en 1989 treinta y seis buques dedicados a carga general, contenedores, y cargas a granel, cubriendo cinco líneas regulares: Mar del Norte, Mediterráneo, Costa Este de América, Costa Oeste de América, y Oriente. Y no generaba pérdidas, sino divisas: 220 millones de dólares al año.

Y.P.F. flota transportaba el petróleo crudo de los yacimientos de Bahía San Sebastián, en Tierra del Fuego, Río Gallegos, Caleta Olivia y Comodoro Rivadavia, hasta el oleoducto de Puerto Rosales (Bahía Blanca) o directamente hasta las destilerías de La Plata y San Lorenzo (en la margen derecha del Paraná). Además distribuía sus derivados a lo largo de todo el litoral marítimo y participaba en exportación e importación tanto de crudo como de productos refinados. También era importante su rol integrador al asistir a todas las usinas termoeléctricas costeras de fuel oil. Contaba con alrededor de treinta unidades, muchas de ellas de gran porte y construcción reciente, botadas en los Astilleros Río Santiago: Ingeniero Fuchs , Presidente Illia, Ingeniero Huergo...

"En 1991 existían bajo pabellón nacional, entre estatales y privados, 149 buques. En 1999, sólo ocho", puntualiza Gustavo Vilgré Lamadrid, vicepresidente del Centro de Capitanes de Ultramar (entidad gremial que nuclea a capitanes y pilotos). Menem lo hizo. Como tantas cosas. Pero como en tantas cosas, no estuvo solo. Y resulta de la mayor importancia establecer responsabilidades. Políticas, penales si fuera posible, y -sobre todo- históricas. No por una suerte de venganza, sino para evitar que personajes involucrados, más rápidos de reflejos que de escrúpulos, logren reciclarse -desmemoria y arengas movimientistas mediante- como luchadores de la rama sindical o burgueses nacionales.

Cumpliendo con el dogma según el cual el estado es mal administrador (pese a que daban ganancia), las flotas de ultramar, cabotaje y fluviales, prácticamente se remataron. Complementariamente, se dispuso dar libertad a los capitales privados. El instrumento legal (por así llamarlo) utilizado, fue el decreto de necesidad y urgencia 1772/91. Aduciendo excesivos costos laborales, se permitió a los particulares dueños de buques a pasarlos a las llamadas banderas de conveniencia. Ese decreto -cuyo fundamento era una alegada situación excepcional, por lo que tenía carácter provisorio-, rigió hasta ayer nomás. Casi trece años: diez mil argentinos quedaron sin trabajo -cifra que podría duplicarse si contamos a aquellos indirectamente relacionados con la actividad-, y el país perdió anualmente millones de dólares percibidos en concepto de flete.

Con otro decreto de necesidad y urgencia, el 1010/04, el presidente Kirchner derogó tanto el 1771/9192 como sus complementarios 1493/92, 817/92 y 343/97, que aparte de ratificar la merma del pabellón nacional por cambio de bandera, habilitaron el charteo de buques extranjeros para el cabotaje nacional (algo así como permitir que empresas de camiones de otro país, con sus propias unidades y trabajadores, ocuparan nuestras rutas...) . Los gremios del sector lo celebraron, se abrazaron con el mandatario en la plaza e hicieron pública su euforia con carísimas solicitadas en medios nacionales. Y la noticia de una alegada reactivación de la flota corrió y corrió, desde las grandes cadenas televisivas y radiales, hasta la misma prensa de los piqueteros más cercanos al gobierno. Pero, ¿basta que cese una normativa para revertir sus efectos acumulados durante más de una década? ¿Puede una política integral para la Marina Mercante eludir el debate? ¿No deberían ser los cuerpos legislativos quienes produjeran la respectiva legislación de fondo, y no el ejecutivo, según acostumbraron Menem, De la Rúa y Duhalde?

A vela y a máquina
En 1799, aún bajo dominio español, fue creada la pionera Academia de Náutica en Argentina por iniciativa de Manuel Belgrano, quien dispuso un sistema de becas para pobres y huérfanos que se adelantaba más de un siglo a los conceptos de justicia distributiva e igualdad de oportunidades. El primer director fue un ingeniero gallego, Manuel Cerviño. En su discurso inaugural, planteó: "Con frutos y con marina haremos un comercio activo, nuestras relaciones mercantiles tomarán la extensión de que son capaces y no seremos comisionistas de los extranjeros".

Esta gente bien sabía el juego en que se estaba metiendo. Soberanía y poder marítimo han sido desde la época de fenicios, griegos y del mismo imperio romano, hasta la era moderna, términos correlativos. La reina Elizabeth I de Inglaterra llegó a costearse en bote hasta el Golden Hind para nombrar caballero a su capitán -"el supremo ladrón"-, el pirata Francis Drake, que regresaba de dar la vuelta al mundo en viaje de negocios (la primitiva acumulación capitalista fue, en buena parte, obra realizada a sangre y fuego por los mares). El canciller inglés Francis Cromwell promulgó en 1651 una ley de navegación reservando los fletes para navíos británicos y con tripulaciones británicas. "Depositen su fe en el Señor, mis muchachos...y mantengan seca su pólvora", sabía despedirlos. Y la flamante Unión de Estados de Norteamérica, apenas independizada se abocó a crear una marina propia.

Belgrano, se sabe, fue uno de los más abnegados y desprendidos jefes del ejército revolucionario. Cerviño, integrante del regimiento de milicias populares llamado Tercio de Gallegos, integrado en buena parte por alumnos de la Academia de Náutica -quienes recibían instrucción de artillería precisamente para defenderse de los piratas-, tuvo un rol muy activo en la resistencia y desalojo de los invasores ingleses. Tras el cabildo abierto del 25 de mayo de 1810, se alineó con el sector independentista y jacobino de Moreno y Castelli.

Sabía de qué se trataba, aquella gente. Aunque suele dársele la espalda a esos hechos, sin la intervención del irlandés Brown y sus tropas de gauchos, indios, negros, griegos, italianos -a los que el atildado almirante realista Romarate calificara como delincuentes y subversivos- hubiera sido imposible desalojar a los españoles del Río de La Plata. Si hubieran continuado en la plaza fuerte de Montevideo, no podría haber partido San Martín en su expedición liberadora continental. Y sin una marina mercante, a su vez, no habría soberanía económica. Y sin soberanía económica...

Pese a aquellos inicios promisorios, Argentina no tuvo oportunidad de organizar una flota durante la convulsa centuria de su emancipación y ordenamiento institucional. Debido a su dependencia del Reino Unido, tampoco dio lugar a eso el esquema agroexportador impuesto por la generación del ´80. Durante la Primera Guerra Mundial, se hizo especialmente notoria esa carencia que hacía depender los negocios argentinos de la capacidad marítima de otros países (fundamentalmente Gran Bretaña). Irigoyen intentó crearla y tuvo una oposición feroz desde el senado.
Recién a partir de la primer presidencia de Juan Domingo Perón puede hablarse genuinamente de una flota nacional. El historiador marítimo Carlos Mey, afirma "el período comprendido entre 1947 y 1951 ha sido el más fecundo de la Marina Mercante argentina". Por entonces, circunstancias históricas especialísimas debidas al fin de la Segunda Guerra Mundial, permitieron que fuese la marina que más creciera en el mundo. Según datos de Carlos Mey, "por su tonelaje ocupaba el segundo lugar en América, detrás de EE.UU. y tres quintas partes pertenecían a organismos estatales". Entre ellos, una flota de transatlánticos de pasajeros. Mey enfatiza, "en este período se estructuró un principio de política mediante la inserción -en los convenios comerciales firmados con algunos países- de cláusulas destinadas a barcos argentinos. Por primera vez en la historia llegaron carnes en bodegas frigoríficas argentinas al mercado británico".

Perón dedicó una especial atención al tema. Tanto que en su mensaje al Congreso del priemero de mayo de 1951, propuso: "Debemos llegar en 1955 a cubrir el 50% de nuestro comercio externo". Pero su comprensión estratégica como estadista, no siempre fue secundada por ejecutores idóneos (y honestos) de las políticas que se pretendía implementar. Algo que comenzó a evidenciarse -bajo presiones internacionales que lo hicieron retroceder en muchas áreas- durante su segunda presidencia, y ya fue escándalo en sus últimos años, los de López Rega e Isabel.

A la deriva
Además de rematar las flotas estatales -por montos que, como sucede con las operaciones de la época continúan en el misterio- la administración Menem tuvo una política vaciadora específica para el sector privado. De manera variable de acuerdo a los distintos gobiernos, los armadores -pese a eternas quejas- habían sido beneficiados por créditos blandos para construir buques, combustible subvencionado para amortizarlos más rápidamente, y una ley de reserva de carga. Como contraprestación, se los obligaba a no poder cambiar de bandera sus buques sin incorporar otro del mismo tonelaje (u otros que sumados dieran la misma capacidad de bodega). Mediante el decreto 1772/92 y sus complementarios 11493/92 y 343/97, esto se revirtió.

Lo que siguió fue un éxodo de buques privados en pos de banderas más permisivas con el capital. Vilgré Lamadrid, del Centro de Capitanes, explica algunas de las consecuencias económicas de esto: "Cuando se realiza una exportación, quien abona normalmente el flete es el comprador y se produce un ingreso de divisas por tal motivo, siempre que el transporte sea bajo bandera nacional, mientras que tratándose de una importación se originaría un ahorro de divisas. Actualmente egresan casi 3500 millones anuales por fletes pagados a flotas extranjeras".
Además, se involucionó en lo relativo a condiciones laborales. Otro decreto, el 817/92, de desregulación portuaria y marítima, avasalló principios constitucionales al derogar artículos de la Ley de Navegación, suspender la vigencia de todos los convenios colectivos de trabajo vigentes en el ámbito marítimo, portuario y de pesca. Como si dicho avasallamiento fuera poco, dejó a la Ley de Contrato de Trabajo como techo de los derechos del trabajador, cuando de acuerdo al derecho laboral, esa legislación debe constituir un piso. Gustavo Marquez, del Movimiento de Trabajadores Marítimos, enumera: "Se impusieron condiciones de trabajo deficientes, se evitaron los aportes jubilatorios a los trabajadores, se adoptaron contratos con direcciones en el exterior para evitar reclamos judiciales y se alargaron los períodos de trabajo".

La nueva normativa afectó también severamente la seguridad y la prevención de la contaminación. Y, dado que nos referimos a buques de ultramar, éstas son problemáticas de impacto mundial.

Rumbo incierto
Existían, a mayo del 2004 -según datos del Centro de Capitanes- sólo quince buques con pabellón argentino, los cuales emplean a unos dos mil navegantes incluyendo relevos. Gustavo Marquez, del Movimiento de Trabajadores Marítimos, completa el cuadro de situación: "Esa flota está integrada en su mayor parte por buques de entre 18 y 24 años. Y transporta sólo un 0,7% de la totalidad de lo pagado en fletes (3.500 millones de dólares), cuando antes del decreto 1772/91 la flota nacional transportaba el 85% del comercio argentino. Y en los tres últimos años, los fletes subieron por lo menos un 150% y en algunos casos hasta un 300%".

El decreto 1010/2004, pese a todo lo expuesto, no llega a descalificar conceptualmente a su antecesor, sino que plantea problemas de implementación que produjeron "un desequilibrio en el mercado". Para Marcos Castro, presidente del Centro de Capitanes, "es oportuno pero sólo como paso previo a la posterior sanción de una Ley Federal de Marina Mercante". Defiende la posibilidad estipulada que otorga a los armadores nacionales de alquilar buques a casco desnudo, como recurso para aumentar rápidamente la disponibilidad de buques a operar en el cabotaje nacional, y puntualiza que "cada buque bajo este sistema genera puestos de trabajo para los marinos argentinos".

Aun "compartiendo propósitos", Castro marca diferencias con un proyecto de ley del diputado Carlos Brown, para cuya elaboración se los consultó, y explica que "se debe asumir la realidad de una actividad internacional de transporte por agua cada vez más desregulada, con las banderas de conveniencia como factor de competencia desleal y la instrumentación de medidas de fomento por parte de los países tradicionalmente marítimos para compensarlo, por lo cual un nuevo marco legal debe contemplar un equilibrio entre beneficios y obligaciones". Como ejemplo, menciona lo sucedido en la hidrovía Paraguay-Paraná, surcada por buques de propietario argentino que optaron -atraídos por flexibilidades fiscales, laborales y de seguridad- por la bandera paraguaya o boliviana.

Desde el Movimiento de Trabajadores Marítimos, se sostiene que una solución integral pasa por "volver a la ley de reserva de carga (derogada) por la cual un gran porcentaje de las exportaciones tendría que ser transportada por buques de bandera nacional". Y, como medidas complementarias, plantean la "construcción en astilleros argentinos de buques de carga de gran capacidad para lo cual habría que crear un Fondo de Reserva Naval".

El Movimiento, en una carta pública al presidente, declara que "los aplaudidores de turno -armadores y gremialistas- son los mismos que argumentaron hasta el hartazgo a favor de la revolución productiva". Su presidente, Gustavo Marquez, destaca la necesidad de transparencia en las decisiones relacionadas con la actividad. De lo contrario, argumenta "volveremos a cometer los mismos errores y la situación seguirá exactamente igual, ya que la política de transporte está marcada por fuertes intereses económicos. Un negocio que ronda los 3.500 millones de dólares es capaz de corromper y de comprar voluntades".

Lo anterior constituye un punto central, ya que la desinformación y las tergiversaciones han sido (y son) un arma favorita para obtener ventajas sin mayores costos. Y la marina mercante no es algo que pueda interesar apenas a un sector limitado, sino que se trata de un tema estratégico para la nación, relacionado con múltiples ramas de la actividad económica. No sólo están en juego los puestos de trabajo a bordo y las divisas percibidas en concepto de flete, sino todas las actividades asociadas a la aventura marítima con su repercusión sobre el mercado interno. Hoy como ayer, navegar es necesario.

Conveniencias
Un antiguo proverbio griego afirma que existen tres clases de hombres: los vivos, los muertos, y los que viven en el mar. Hoy podría agregarse una cuarta categoría: la de quienes viven en el mar navegando a bordo de buques bajo bandera de conveniencia. Pabellones de países que, con jugosas dispensas, tientan a armadores extranjeros para que registren sus buques en ellos: Panamá, Liberia, Bermudas, Bahamas, Malta, Honduras. Las exenciones ofrecidas comprenden no sólo aspectos impositivos, sino otros relacionados con las condiciones de trabajo y seguridad: reducción de tripulaciones, disminución de salarios y cargas sociales, incremento en las funciones y tiempos de embarco (lo cual tiene como riesgosa consecuencia el incremento del stress del personal embarcado), menores exigencias en las dotaciones de salvamento y lucha contra siniestros, menor inversión en mantenimiento. Así se obtienen ventajas competitivas que pueden superar el 30%.
Un documento del Centro de Maquinistas Navales, señala refiriéndose a la bandera liberiana, con puerto de matrícula en Monrovia, Africa, pero oficinas en EE.UU.: Tan grande es este negocio, que una parte de los enormes dividendos que produce se destinan a solventar la guerra civil existente en Liberia y los comandos que asolan Sierra Leona. Detrás de toda esta sangre, perversión y muerte, hay un gran negocio, el contrabando de diamantes en bruto de Sierra Leona a Liberia.

A la incidencia de las mayores obligaciones horarias del personal embarcado sobre la seguridad, deben agregarse las presiones empresarias facilitadas por la existencia -a nivel mundial- de un gran ejército de trabajadores de reserva que integran los desocupados. Entre esas presiones, debe contarse la de contaminar intencionalmente, ya que resulta más rápido y más barato echar efluentes nocivos al mar que procesarlos de la manera debida. Estudios publicados por el Instituto Tecnológico de Massachussets demuestran que la contaminación intencional ha sobrepasado a la provocada por los accidentes.

También por permisividad de las banderas de conveniencia ha aumentado el promedio de edad de la flota mundial. Además, dichas banderas exigen menor capacitación a sus tripulaciones, que suelen estar compuestas por integrantes de diversas nacionalidades con las consiguientes dificultades comunicativas durante maniobras. Todas estas características contribuyen a acrecentar los peligros de la navegación. Si tenemos en cuenta que -de acuerdo con estadísticas de la Organización Marítima Internacional dependiente de las Naciones Unidas- se pierden 70 millones de dólares al año por accidentes marítimos, no es difícil concluir que la aludida conveniencia, como suele suceder con casi todas las propuestas de los gurúes de mercado, es una ecuación que sólo considera el corto plazo.

Un pasado negro
El tiempo se medía por el paso de las pizzas de los viernes. Nos faltan tres pizzas para llegar, dos, una...¡Tierra! Muzzarella, fainá, fugazza, jamón y morrones, roquefort, apio y nuez, y cada tanto un asadito en la toldilla de popa. Todos, menos los de guardia, comiendo juntos al aire libre, al viento. Y después los tradicionales pastelitos (un barco sin un buen capitán... y bueno, se las arreglan los pilotos, pero sin un buen cocinero...).

Aun con esos rasgos bien típicos, la flota de Y.P.F. era -usando palabras enemigas- algo digno del primer mundo. Por el monto de los sueldos, por su regularidad y lo equitativo de su escala, por la complejidad de las tareas asumidas y la eficiencia con la que se cumplían, por el porte y tecnología de los buques, por el nivel de vida a bordo. Hablar hoy de ella resulta inverosímil. Parece la fantasía de un legendario tiempo color negro oro, oro negro.

Todo había comenzado en 1907, cuando se descubrió petróleo por Comodoro Rivadavia. La puesta en marcha de la explotación, dio lugar a un tráfico que al principio cubrieron buques extranjeros y más adelante unidades de la Armada. Hasta que en 1921, durante la presidencia de Hipólito Irigoyen, se formó la primer flota petrolera estatal. Anterior incluso a la misma existencia de Y.P.F., creada al año siguiente, ya durante gobierno de Alvear pero bajo dirección de Enrique Mosconi y con lineamientos nacionalistas. En 1925, se inauguró la destilería de La Plata, frecuente destino de los buques de Y.P.F. Circunstancia por la cual cientos de tripulantes eran oriundos de Berisso y Ensenada. Los dos primeros gobiernos de Perón fueron una época de grandes incorporaciones. Así, desde mediados del siglo XX, se destacó por sobre las de Esso y Shell, que también contaban flotas propias con bandera y tripulación argentina.

Además de los bienes materiales acumulados en siete décadas, se conformó un sector de la clase obrera fuertemente calificado para tareas específicas en muchos casos de alta complejidad, de riesgo o bajo condiciones climáticas hostiles. Por ejemplo, navegar hasta la Bahía San Sebastián, en la porción noreste de Tierra del Fuego, para cargar crudo en una larga y muy difícil maniobra que exigía fondear, girar alrededor del ancla a favor de la corriente, amarrarse por popa a unas boyas e izar a bordo la manguera de cargamento. Todo con temperaturas bajo cero.

Aunque sufrió en su puerto base de La Plata varios incendios históricos, algunos recordados por las explosiones y las chapas navales al rojo volando cientos de metros, gracias al cuidado y pericia de los trabajadores, fueron estadísticamente pocos los accidentes para una actividad potencialmente tan riesgosa. Sobre todo con instalaciones que fueron haciéndose cada vez más inadecuadas a medida que aumentó el porte de los buques, a tal punto que en los '60 debió cercenarse una punta de la Isla Paulino para que éstos pudieran virar en la intersección entre el Canal de Acceso y el Río Santiago conocida como Cuatro Bocas. Junto con esas competencias laborales, fueron creciendo las capacidades reivindicativas y la conciencia de clase. Algo que llevo a realizar, a fines de los años '60, una de las más extensas y heroicas huelgas en la historia del movimiento obrero argentino.
Y.P.F. fue víctima del expolio a gran y pequeña escala, así como de la contabilidad creativa que adulteraba sus balances en pos de equilibrar otras cuentas estatales. Perdió de ese modo 6.000 millones de dólares durante los ´80. En lugar de sanearla, se decidió entregar un área estratégica fundamental a un monopolio extranjero (el irrisorio pero entonces dominante discurso cavalluno aseguraba que para bien de los jubilados...). Hoy, factura 500 millones de dólares anuales. En la operación de vaciamiento y saqueo, participaron con entusiasmo (y grandes ganancias) los dirigentes del burocratizado Sindicato Unico de Petroleros Estatales (S.U.P.E.), quienes incluso adquirieron algunos de los barcos enajenados y formaron la empresa S.U.P.E.NAVE. Como su caudillo decía, de proletarios a propietarios. Y, tal como su caudillo hacía, a costa del pueblo argentino.

Por los siete mares
Río Corrientes, Lago Lácar, Isla Gran Malvina, Río Neuquen, Río Olivia... Los tripulantes memoriosos recitan esos nombres como si de amores se tratara. Con mirada ausente, pensativa, paladean cada palabra. Para los que pisaron sus cubiertas barridas por las olas, para los que soportaron el calor de sus máquinas, para los que aguantaron noches y noches de guardia en sus puentes, nombrar esos viejos barcos es zambullirse en historias de mares y de muelles, de tormentas y de alcoholes, de tierras lejanas y de cielos. Todos los barcos nombrados eran parte de la flota de ultramar perteneciente a la Empresa Líneas Marítimas del Estado (E.L.M.A.). Con ella, generaciones de trabajadores del mar recalaron en Lisboa, El Callao, Paita, Valparaiso, Copenhague, Hamburgo, Bremen, Vlissingen, Gijón, Salvador de Bahia, Ilheus... Los sueldos no eran los más altos, pero había un orgullo especial en pertenecer a esas tripulaciones.

Una serie de circunstancias históricas irrepetibles habían hecho posible la constitución de E.L.M.A.: La empresa armadora Dodero fue nacionalizando su capital, que antes era en buena parte inglés; en 1949 la adquirió el estado, y en 1951 se la bautizó como Flota Argentina de Navegación de Ultramar. A su vez, cantidad de buques europeos que a causa de la Segunda Guerra Mundial quedaron en puertos argentinos, fueron también adquiridos y pasaron a formar la Flota Mercante del Estado. Ambas empresas estatales se fusionaron en 1961, conformando E.L.M.A con nada menos que 51 buques de ultramar.

A fines de los ´80, llevaba años cubriendo con regularidad líneas por todo el mundo. Y a pesar de algunos inconvenientes operativos, era una buena generadora de divisas. Durante la presidencia de Raúl Alfonsín hubo un intento de alianza -manteniendo bandera argentina- con la alemana Hamburg-Sud, resistido por la oposición en defensa de la soberanía. Vuelta oficialismo, aquella oposición, bajo un paraguas que todo lo cubría, la Ley de Reforma del Estado, dispuso la privatización y comenzó por vender diez buques. En 1994, logró privatizar las líneas más rentables -Mar del Norte, Mediterráneo y Costa Este- y las restantes fueron desafectadas, gratis y tras años de inversión y trabajo, a manos de armadores extranjeros. Durante 1995 continuó la venta de buques; en 1997, se entregaron los últimos seis. Y desde entonces, los tripulantes memoriosos, con ojos que brillan y a punto del desborde, recitan la lista de sus viejos amores perdidos: Río Corrientes, Lago Lácar, Isla Gran Malvina, Río Neuquen, Río Olivia...

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